- Les comparto una historia.
Todos los días le pedía agua a mi vecina porque sabía que estaba pasando por una depresión.
Soy mamá soltera, creadora de contenido y, como dice mi psicóloga, una persona con "límites muy creativos". En la práctica, eso significa que cuando escuché a través de la pared a la señora del departamento de junto llorando, no me puse a llamar a una línea de ayuda. No. Agarré a mi bebé de cuatro meses, ensayé mi cara de más inocente frente al espejo y le toque a su puerta.
—Hola… perdón que la moleste… ¿cree que me pueda regalar un vaso de agua?
La puerta se abrió un poquitito. Salió una señora como de setenta años —con los ojos hinchados, el pelo todo despeinado y una cara de: "¿Es neta?". Me miró a mí. Miró al bebé. Y me volvió a mirar a mí.
—¿Agua?
—Agua.
—Tú vives aquí al lado.
—Sí.
—Tienes llave de agua.
—Sí.
Una pausa larguísima. Pero larguísima.
Y justo en ese momento nació el plan más absurdo —y más sincero— de toda mi vida.
Al día siguiente volví a ir con el bebé y con un nuevo pretexto.
—¿De casualidad tendrá una pizca de sal?
Dos días después:
—¿Cree que me pueda prestar un huevo?
Luego:
—¿Sabe si mañana va a llover?
Siempre me abría. Y poco a poco empezamos a platicar. Yo la escuchaba, el bebé babeaba todo a su paso y el tiempo en ese departamento parecía irse más despacio, volviéndose más humano. Ella me contaba de sus cosas, yo de las mías. Y ninguna de las dos decía las cosas como eran: que éramos dos almas solitarias salvándose del vacío con el pretexto de los huevos y la sal.
El sistema funcionaba de maravilla. Hasta que llegó un martes. Los martes siempre arruinan todo.
Le toque la puerta cargando al bebé, ya lista con mi discurso sobre el azúcar glass.
La puerta se abrió de golpe.
Hasta me hice para atrás del susto.
—¡Cómprate tus cosas tú sola, muchachita! Tienes dinero para pintarte el pelo, ¿y no tienes para el agua? ¡Yo sé perfecto cómo funciona una llave! ¡Tengo setenta y dos años, no estoy loca!
Y me azotó la puerta en la cara.
El bebé me miró. Yo lo miré a él.
—Sí —suspiré—. Ya sé.
Pasó un mes entero sin que volviera a tocar a su puerta. Pero me la pasaba pegando la oreja. Escuchaba si prendía la tele, si sonaba la puerta del refrigerador, si salía al pasillo. Me convertí en el sistema de vigilancia más patético —y con más amor— del edificio: una mamá soltera en pijama pegando la oreja a la pared a las once de la noche.
Un sábado, como a las diez de la mañana, tocaron a mi puerta.
Abrí —y era ella—.
Traía los ojos rojos. En las manos traía un postrecito casero. Y tenía esa misma mirada que pone la gente cuando lleva horas ensayando un discurso.
—La muchacha de la tienda me dijo que le dejaste unos paquetes a mi nombre. Que le preguntabas cómo estaba. Que un día le dijiste que comprabas de más porque tenías una "vecina triste".
Se le quebró la voz al decir la palabra "triste".
—¿Por qué haces esto? ¿Por qué no me dijiste la verdad desde el principio?
Me quedé callada un segundo.
—Porque si le hubiera dicho la verdad, no me habría abierto la puerta. Y yo necesitaba que me la abriera.
Se tapó la boca con la mano. Yo me mordí el labio. Y mi bebé —que tiene un talento divino para arruinar los momentos dramáticos— estornudó en ese preciso instante y se embarró de mocos toda la cara.
Nos soltamos a llorar las dos. Ella de la pura emoción. Yo… de los sentimientos a flor de piel y un poco porque limpiar al bebé no iba a estar nada bonito.
Se llama Doña Nina.
Setenta y dos años. Viuda. Su hijo vive en España y le marca cada tres semanas —con remordimiento y con reitera mala señal—. Ella ya había vivido toda una vida antes de que yo le cayera de sorpresa con mis preguntas mensas —una vida llena de amor, de trabajo y de pérdidas que la dejaron solita entre cuatro paredes—. Simplemente ya no sabía cómo seguir adelante.
Y de repente le cayó un bebé que le aventaba papilla. Y una "casi hija" que grababa todo para sus historias de Instagram, porque —sí— soy creadora de contenido y no tengo vergüenza.
Empezamos a comer juntas. A cenar juntas. Le cantaba al bebé canciones que yo ni conocía, y él la miraba con una adoración total, de esas que los niños solo le tienen a quienes los hacen el centro del universo. Yo los veía y entendía que la familia no siempre viene de donde uno se la espera.
Mi hijo le dice "abuelita Nina".
Ella le dice "mi niño" con un amor que me deshace el corazón cada que la oigo.
Y a veces, cuando me dan ganas de verla sonreír —cuando la extraño aunque viva cruzando la pared—, agarro un vaso vacío, voy a su puerta y le toco.
—Doña Nina, ¿cree que me pueda regalar un poquito de agua?
Ella me mira. Suspira. Se sonríe.
—Tú tienes tu propia llave, mi amor.
—Sí —le digo—. Pero la de su casa me sabe más rica.
Que tengan un gran dia!